La mochila... y toda su vida conmigo

Es curioso.. lo que pasa y vive uno en el transcurso de su vida y no se da cuenta que no tan sólo cambia de gustos , de trajes o de circulo de amistades; también, el que esta cargando sus proyectos y secretos cambia con él.

La mochila, como también a veces le dicen, maleta, ha cargado con todo mi estrés que significó las matemáticas, la presión de “estar adentro el grupo” y la pena que me daba saber que un “lorna” o un “cerebrito” se llamaban despectivamente a ciertos alumnos porque hacían sentir “menos a los demás”. Por supuesto, con la excepción, que si tienes habilidad en los deportes o eres un cuerazo, esto de ser “niño sabelotodo” pasaba desapercibido.

Mis escritos. Mis frases. Mis tareas. Papel higiénico. Con ello, hacia casi explotar mi mochila que llevaba en la espalda. ¡Y cómo me dolía la columna! Si de tanto cargar se me desvió la columna o tenia que pedirle a mi padre por un masaje en todo el cuerpo. Sin duda el colegio era difícil estar llevando todos los libros. Los cuales no siempre utilizábamos ni mucho menos todos. Pero como Jesucristo cargando su cruz y por la madre abnegada de cada uno .. caballero no más. Teníamos que llevar todo por sino nos quedábamos sin nota. Todo ello para solamente salir del maldito colegio y olvidarnos de las tareas al llegar a casa o al prender la televisión.
Es gracioso. Uno cuando esta en una feria. Mientras la madre se preocupa de los bolsillos o que sea útil el tamaño para que entren los cuadernos, al padre le importa solamente el precio. Y al hijo, que su caricatura o héroe favorito este en él. Para los niños, el azul. Para las niñas, el rosado u otro color chillón.

Sin duda las mochilas están marcadas por la sociedad. En nuestra Lima, las mochilas están marcadas por el machismo y perfiles psicológicos que exige la sociedad y son de la época de mis abuelos; sin embargo, lo repiten nuestros padres con nosotros.
Particularmente, a mi me encantaba mi mochila de color azul. Así no se iba a notar después de poco tiempo que se ensuciaba, pues siempre la tenía sobre el suelo lleno de polvo de los zapatos de todos los del salón. Luego, lo que me importaba es el modelo. Que debe gritar como soy yo. Correas, bolsillos, cierres, estampados. Todo ellos debe lograr que atraiga a la mirada sin llegar a estar sobrecargado y mostrarse algo sencillo. Además, bonito. En fin, como yo.

Soy de tener todo en mi mochila. Esta organizada a pesar que yo en mi cuarto soy un desastre y primera en ser descuidada. La arrastro, la tiro, la levanto y me la llevo. Cargo mis responsabilidades y mis deberes. Cargo lo que deseo, mis metas y futuros logros. Cada escrito, que leo y releo, lo protege y guarda para que cuando lo necesite este en buen estado y ayudarme a no estar cansada al llegar a casa ni pierda algún escrito o libro importante. Es totalmente un placer y una privilegio de tanta comodidad en un solo articulo tan cambiante como personalidades hay en el ser humano.

Mil veces ensuciado por alguna bebida o comida, y también, envoltura, ya que no soy una de esas personas que botan los desperdicios en el suelo cuado no hay tacho de basura cerca. La mochila es como una persona que por dentro se ve débil, ya que esta hecho de cualquier tela. Pero, puedo cargar con gran peso he ingeniárselas sin ningún problema como un individuo, por o hablar de hombre o de mujer, que es maduro y piensa con cabeza fría cada decisión y consecuencia de sus actos. Surge y sigue fiel a su estilo de vida: el trabajo. El arduo y duro trabajo de cada día. Auxiliar de otro, un asistente de viajes y experiencias inolvidables.

Mi mochila, una maleta, un bolso, un guarda secretos de belleza de intereses y, a la vez, de escapadas o de paseos. A Chosica, a las bibliotecas, a museos, o quizás, caminatas interminables a todo punto de Lima. Yo la viajera con su inseparable compañero de viaje. Me encanta. Sin querer nos hace sentir que llega a combinar con nuestra firma de pensar, vestir y de sentir.

Y qué tales cosas escondidas ahí adentro! Mi intimidad en cerrada dentro de ella. Yo pegada en su espalda o ella apoyada en mi hombro. Me aseguraba no tener qué explicar dónde conseguí y cómo lo conseguí. Las escapadas de clase con amistades o con la flaca o con el gil. Pero, ¡qué lindo! Horas perdidas e igualmente disfrutadas e invertidas en el querer. En estar sentados en el parque o mirando las olas del mar romper y atrás o más debajo de nosotros nuestras mochilas que llevaban dos botellas de gaseosa, o tal vez una de ellas agua, acompañado de papitas Lays o de los ricos piqueos. Y si hacia sol, un helado Donofrio no estaba nada mal.

Al igual que significo viveza fue inocencia. Cuando en el primer día de clases, estaba callada mirando a la profesora. Haciendo tranquila mis tareas, coloreando o leyendo. Los recreos y los kioscos eran el punto de reunión de amigas. Tiernos momentos que compartía mi ponchera con mis amigos. Los cuales deje atrás porque el destino lo quizo así a igual que las pequeñas loncheras y mochilas de inicial que deje en los archivos de mis recuerdos.

¿Pero, qué me paso? ¿En qué momento cambie tanto? Al parecer me di cuenta que cambiaba de mochila sin estar conciente que también cambiaba yo. Di una vuelta de 180 grados como si nada. Crecí, madure, aprendí y en fin al cabo yo viví intensamente cada minuto de mi vida. Porque de eso se trata nacer. Vivir y desgatar lo que se tiene para provecho de uno. Sea una mochila o el cuerpo y mente misma al momento de realizar actividades que nos interesan. Ganamos al final seguridad antes y durante nuestro mismo accionar para luego terminar con una gran satisfacción.

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